Carlos Sánchez: La razón de estar gay (Cristian Cottet)

Hay libros que no deberían existir según las reglas del mercado editorial. No tienen trama, no resuelven un misterio, no prometen transformar tu vida en diez pasos.
Carlos Sánchez: La razón de estar gay es uno de esos libros incómodos. Editado en 2005 por Mosquito Comunicaciones en Santiago de Chile, con el respaldo del Institute for the Study of Ideologies & Literature de la Universidad de Minnesota, reúne siete conversaciones —julio de 1999, septiembre de 2004, junio de 2005— entre el antropólogo Cristian Cottet y Carlos Sánchez, exdirigente del MIR, padre, obrero metalúrgico, sindicalista y, como dice el propio título con esa precisión gramatical que lo distingue, alguien que está gay.
El verbo importa. No es. Está.
El problema del verbo
La distinción no es filológica menor. En español, «ser» señala esencia permanente; «estar», condición transitoria. Sánchez se resiste a la identidad como destino. «Para mí el ‘ser homosexual’ no significa nada respecto a mi identidad personal», dice en la segunda conversación. «No te podría decir ‘ser homosexual significa que tú sientes sólo en relación a los hombres’. Eso es aceptar quedarse metido dentro de una categoría» (p. 52). Prefiere el gerundio, la acción en desarrollo, lo que no se cierra.
Cottet, por su parte, llega al diálogo cargado de teoría. El prólogo es una pieza de resistencia intelectual que en este caso distingue entre texto monológico (el etnógrafo omnisciente), dialógico (el encuentro entre sujetos) y cooperativo (donde lector y escritor construyen sentido juntos). Cita a Paul Ricoeur, a Clifford Geertz, a la Teología de la Liberación. Pero lo más honesto es cuando confiesa que su propuesta de conversar encontró resistencia: «Carlos en un principio se opuso, un poco con sorna, un poco con la seriedad que le caracteriza» (p. 15). El libro que leemos es, en rigor, el registro de una negociación. Cottet quería una entrevista; Sánchez, sin saberlo quizás, exigía algo más parecido a una conversación entre iguales.
La memoria como territorio disputado
El primer tercio del libro es biografía política. Sánchez nació en Buenos Aires en 1957, en una familia obrera que emigró a Chile cuando él tenía siete años. Creció en La Cisterna, en la Población Clara Estrella, «población obrera, es la población donde vivíamos el año setenta y tres y no fue nada de suave» (p. 28). Su padre, obrero metalúrgico con «sensibilidad de izquierda allendista», le transmitió algo más valioso que dinero: la certeza de que la vida individual no cuenta sin la colectiva.
La dictadura de Pinochet interrumpe todo. Sánchez recuerda el 11 de septiembre de 1973 con la precisión del trauma: la quema de libros en el patio, la madre encendiendo «una fogata para lavar la ropa» como excusa para destruir documentos comprometedores, el cadáver descubierto en los hornos del taller de fundición (p. 44). Fue expulsado de la Universidad Técnica del Estado en 1981, pasó por el CODEPU, militó en la clandestinidad. Lo que no dice —lo que el libro no necesita que diga— es que estuvo preso, torturado, que el cuerpo guarda memoria que la palabra no alcanza a nombrar.
Pero Cottet no busca el testimonio de víctima. Busca algo más difícil y que es saber cómo un sujeto construye sentido político desde la sexualidad, y viceversa. Cuando Sánchez dice que la sexualidad humana «es un elemento de explotación» vinculado a la lucha de clases (p. 23), no está haciendo economía política barata. Está señalando que el capitalismo no solo explota trabajo, sino asociado a eso, privatiza el deseo, lo convierte en mercancía, lo encierra en la pareja heterosexual como unidad de consumo.
El cuerpo que no encaja
La parte más arriesgada del libro es la discusión sobre género. Cottet, formado en la tradición de la izquierda chilena, tiende a leer la homosexualidad como reproducción de la bipolaridad (hoy diríamos binarismo) macho/hembra. Sostiene que en la pareja gay «uno niega su femenino y el otro acepta esa falsa ‘masculinidad'» (p. 63). Sánchez lo corrige con paciencia que a veces se agota: «No. Eso es falso. El principal error que se comete es confundir el género con la sexualidad» (p. 55).
Aquí el libro se vuelve teatro. Dos hombres de izquierda, ambos afectados por la dictadura, discutiendo si el homosexual «se plantea como mujer» o si esa pregunta misma es una trampa del patriarcado. Sánchez propone algo más radical cuando señala que el ser humano es «polimorfo» por naturaleza, que la bipolaridad masculino/femenino es una imposición política ligada a la propiedad privada y la reproducción de la especie (p. 56). No es un argumento nuevo —viene de Fourier, de Reich, de la antropología feminista— pero en boca de un obrero metalúrgico, exdirigente del MIR, padre de una hija, sindicalista en activo, adquiere una densidad que la academia no puede fabricar.
La discusión sobre el travesti es ejemplar. Para Sánchez, el travesti no es «un hombre vestido de mujer»: es alguien que hace del género una representación consciente, que expone lo que la sociedad naturaliza. «El género es una construcción cultural, lo adoptas porque te gusta. Puedes pintarte la cara, usar el tipo de vestimenta que quieras… Es como el teatro: cada uno elige, aunque lo neguemos, un personaje y se representa frente a los demás» (p. 60). No hay aquí una teoría queer importada de los campus norteamericanos. Hay una práctica de vida que genera su propia teoría.
La política del «estar»
Lo que hace a Sánchez un sujeto políticamente singular es su rechazo a la identidad como reivindicación. El movimiento gay, dice, inventó la categoría «gay» para escapar del estigma médico de «homosexual» como enfermedad. Fue una estrategia necesaria. Pero estrategia no es ontología. «Ser gay te desgenitaliza… pones el énfasis en un estilo de vida, en una forma de mirar la vida de manera distinta» (p. 61). Y luego, el giro: «Yo no me atrevería a definirme como gay, aunque desde una perspectiva política puedo adoptarlo pero yo no obedezco a ese estilo de vida».
Esta es la tensión que el libro no resuelve —ni intenta resolver. Sánchez vive con su pareja masculina, tiene una hija de una relación anterior, dirige un sindicato, milita en organizaciones de derechos humanos. No encaja en el estereotipo del activista gay visible, ni en el del militante clandestino que oculta su sexualidad. Simplemente está, en el presente continuo, en la acción sin cierre.
Cottet, a veces, fuerza la lectura. Quiere encontrar en Sánchez una teoría del sujeto revolucionario gay que el entrevistado no le entrega. Pero el método «con-memorativo» —palabra que Cottet acuña para definir este trabajo— permite que la fricción quede registrada. No hay síntesis final. Hay dos voces que se escuchan, que se corrigen, que a veces hablan por encima del otro.
Lo que queda
El libro cierra sin epílogo. La última conversación, del 1 de junio de 2005, no resuelve nada. Y eso es coherente: la memoria, dice Cottet en el prólogo citando a Dylan Thomas, es «la pelota que lancé cuando jugaba en el parque / todavía no ha tocado tierra».
Carlos Sánchez: La razón de estar gay es un documento de una época —Chile postdictadura, los años en que la izquierda todavía no sabía cómo nombrar la sexualidad sin vergüenza— pero también es más que eso. Es una demostración de que el pensamiento político puede surgir de la entrevista, del diálogo, de la vida ordinaria de alguien que nunca fue académico pero que, precisamente por eso, piensa sin las restricciones de la disciplina.
Para quienes buscan en los estudios culturales latinoamericanos una voz que no sea ni el testimonio indigenista ni la teoría importada, este libro ofrece una tercera vía: la conversación como práctica política, la memoria como territorio compartido, el cuerpo como lugar donde la historia se hace carne.
No es un libro fácil. No da respuestas. Pero pregunta con una honestidad que la crítica cultural, demasiado a menudo, ha abandonado.
ISBN: 956-265-163-0 | Primera edición: noviembre de 2005 | Santiago de Chile
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