La mujer y su educación (Luis Emilio Recabarren)

Reseña
Interesantísimo documento. Se trata de la conferencia «La mujer y su educación» de Luis Emilio Recabarren, pronunciada el 8 de julio de 1916 en la Federación Obrera de Punta Arenas y publicada por Imprenta de El Socialista. Es un texto fundacional del pensamiento socialista chileno sobre la cuestión de género, y tiene conexiones directas con el debate que llevamos a cabo desde este sitio.
En lo central, el texto de Recabarren traza una genealogía de la opresión femenina que atribuye directamente a la Iglesia católica. Argumenta que la Iglesia convirtió a la mujer en un «ser repugnante», inferior al marido y al padre, y que el confesionario fue la «más indigna afrenta» -un mecanismo que desviaba la intimidad de la mujer hacia el fraile en lugar de la familia. Sostiene que toda la estructura social es fruto de las religiones y que los legisladores, educados en el seno de la Iglesia, crearon leyes que perpetúan la esclavitud femenina.
Pero hay una tesis que resulta enormemente provocadora cuando señala que «La mujer no es inferior al hombre, es solamente diferente. Si la mujer no tuviera en su sangre los gérmenes del talento, ¿de dónde los obtendría el hombre?» – Esta no es una defensa liberal del «empoderamiento» individual, sino una reivindicación materialista: el talento viene de la sangre, del cuerpo, de la madre.
La apuesta socialista de Recabarren propone que la mujer debe ser «el ser más libre, capaz de saber educar sus hijos» y que su educación ilustrada es condición indispensable para el progreso humano. Llega a decir que «la pena de muerte para la Iglesia es la sabia educación de la mujer» – una tesis que conecta emancipación sexual con anticlericalismo de clase. El futuro que imagina no es de reconocimiento identitario, sino de transformación material que sugiere que cuando la mujer sea educada, «el mundo estará lleno de saber, de felicidad y de paz… entonces ya no existirá el mal, o sea la Iglesia».
Lo que Recabarren plantea en 1916 es exactamente la tensión que hemos señalado cuando hablamos de la disidencia sexual como cuestión de clase, no de identidad. Recabarren no habla de «derechos LGBT» en el lenguaje de hoy, pero está diciendo que la liberación de los cuerpos oprimidos (la mujer en su caso) solo puede lograrse mediante la transformación material de las condiciones de explotación – no mediante la integración al sistema que las oprime. Es la misma distinción entre «La Calle» y «El Espejo» de la que habla Carlos Sánchez en ¿Revolución o Privilegio?
Sin embargo, podemos hilar más fino en la crítica al texto, obviamente bajo la lupa contemporánea, a más de un siglo de ese texto. Que revela los límites del propio pensamiento de Recabarren, incluso desde una perspectiva radical para su época.
Recabarren dice: «la mujer debe ser el ser más libre, capaz de saber educar sus hijos» y «es indispensable colocar en primer lugar a la madre, a la mujer». Su argumento para educar a la mujer no es que sea un fin en sí mismo – que la mujer merezca saber, pensar, existir por sí misma – sino que es instrumentalmente necesaria para criar mejor a la siguiente generación de trabajadores y socialistas. La mujer como medio, no como fin.
Incluso la frase más provocadora del texto – «si la mujer no tuviera en su sangre los gérmenes del talento, ¿de dónde los obtendría el hombre?» – tiene una doble lectura. Por un lado, es una defensa materialista brillante contra el esencialismo misógino. Pero por otro, sigue anclando el valor de la mujer en su función reproductora: la sangre como transmisora de talento al hombre, la mujer como vehículo biológico del genio masculino.
Lo que Recabarren no logra imaginar es a una mujer liberada de la maternidad obligatoria, o una mujer cuyo valor social no pase por su capacidad reproductiva. Su socialismo es anticlerical y de clase, pero sigue operando dentro de una heteronormatividad productivista en la cual la mujer emancipada es la madre ilustrada que cría mejores ciudadanos para la revolución.
Y esto conecta directamente con lo que hemos planteado, en el sentido que la izquierda misma ha tenido dificultades históricas para pensar la emancipación de la mujer y de las disidencias sexuales fuera de una lógica funcionalista. Si para Recabarren la mujer liberada sigue siendo madre, ¿qué espacio queda para las trabajadoras sexuales, las travestis, las lesbianas que no desean reproducir? Ahí está el vacío que el propio movimiento socialista chileno dejó abierto, y que poblaciones como las que reivindica ¡revolución o privilegio? – al igual que Emilia Bau, Claudia Rodríguez, Pedro Lemebel – tuvieron que llenar desde los márgenes.
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