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Disidencias sexuales populares, sionismo y fascismo contemporáneo

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Disidencias sexuales populares, sionismo y fascismo contemporáneo

Reseña

El nuevo ensayo de Carlos Sánchez Soto parte de la operación conceptual de analizar el sionismo como solo como proyecto geopolítico, sino examinarlo desde la posición de las disidencias sexuales populares. Es decir, desde los cuerpos que el orden hegemónico produce como excesivos, ilegítimos o desechables. No se trata -advierte el autor- de añadir la dimensión de género y sexualidad a un análisis ya construido, sino de rearticular todo el problema desde ahí. Esa declinación inicial define el método del ensayo y anticipa su aporte más sustantivo que muestra que la cuestión palestina, la exportación del modelo securitario israelí y la represión de las disidencias sexuales en el Sur Global no son tres problemas que se tocan, sino un mismo dispositivo de dominación observado desde tres ángulos.

La hipótesis que articula el texto es triple. Primero, el orden liberal-occidental atraviesa una crisis hegemónica que erosionó su pretensión universalista, dejando expuesta la brecha entre su discurso de derechos y su práctica imperial. Segundo, el sionismo opera como articulación hegemónica alternativa ante esa crisis, combinando la retórica de la victimización eterna con la exportación de una maquinaria de control y desposesión. Tercero, las disidencias sexuales populares funcionan simultáneamente como instrumento de legitimación del orden -cuando se las invoca para evidenciar la barbarie del enemigo- y como objeto de represión -cuando sus demandas amenazan las estructuras de poder.

El primer movimiento sitúa el argumento en la crisis del contrato liberal. Apoyándose en Wendy Brown y Mark Fisher, Sánchez Soto muestra que la brecha entre el discurso emancipador y la práctica material -bombardeos en nombre de la libertad, rescate bancario con recorte de derechos laborales, neocolonialismo bajo retórica de desarrollo sostenible- no es un fallo del sistema sino su lógica constitutiva. Esa brecha, ahora visible, abrió un vacío hegemónico que el sionismo ocupó con inteligencia política, combinando la victimización eterna como dispositivo de inmunización crítica y la excepcionalidad moral como relato de democracia innovadora, ambos conjugados en una propuesta exportable -el modelo israelí de seguridad, innovación y control fronterizo como respuesta universal a un mundo peligroso. La función del enemigo existencial, leída desde Benjamin y Agamben, permite al autor concluir que el sionismo ha convertido el estado de excepción en condición permanente.

El aporte teórico más original del ensayo es la distinción entre el sujeto LGBTIQ+ institucionalizado -incorporado al mercado como consumidor, al Estado como ciudadano de derechos formales y al imaginario liberal como trofeo de progreso- y las disidencias sexuales populares, aquellas cuyas prácticas no solo desafían la norma heterosexual y cisgénero sino que lo hacen desde condiciones de opresión múltiple, entre las cuales está la pobreza, la racialización, la exclusión del mercado formal, la migración forzada, la violencia estatal sistemática.

Apoyándose en María Lugones, Rita Segato y Gayatri Spivak, Sánchez Soto muestra que estas disidencias son excesivas respecto del dispositivo de incorporación liberal, pues no pueden ser asimiladas al mercado, no pueden ser ciudadanas de derechos, y no pueden funcionar como trofeo del progreso. Esa posición estructuralmente contradictoria -sujetos de resistencia y objetos de instrumentalización- es la clave que permite leer el pinkwashing no como mera operación de marketing sino como tecnología de legitimación con consecuencias materiales.

El desmonte del pinkwashing y el homonacionalismo, recuperando a Jasbir Puar, es particularmente preciso. La lógica -si los palestinos son homófobos, destruirlos es un acto de defensa de la libertad- cumple tres funciones políticas, por una parte, despolitiza la cuestión palestina; por otra, incorpora al sionismo al campo del progresismo liberal; y por último, divide a los movimientos de justicia global.

Valioso es el reconocimiento de las disidencias sexuales palestinas -alQaws, Aswat, Palestinian Queer Network- que el pinkwashing invisibiliza por necesidad. La alianza entre Netanyahu y Hagee, Bolsonaro, Orbán y Modi no es paradójica, sostiene el autor, sino expresión de una lógica política compartida. El uso de la categoría «fascismo» se justifica analíticamente -no retóricamente- apelando a Traverso y Paxton, y el ensayo introduce una formulación sugestiva que se expresa en que la especificidad del fascismo sionista contemporáneo reside en operar simultáneamente como proyecto de liberación nacional y como proyecto de dominación colonial.

Los movimientos más políticamente urgentes son los que muestran el Sur Global como laboratorio de control de cuerpos. La tecnología israelí se despliega contra poblaciones cuyas prácticas desafían el orden: Pegasus en México contra activistas feministas, tecnología israelí en Colombia durante el estallido de 2021 con violencia sexual documentada, entrenamiento de origen israelí en Guatemala para reprimir protestas indígenas.

El caso chileno se analiza con detalle revelador, haciendo mención a la simultaneidad del 16 de julio de 2026 día en que el Senado chileno aprobó la megareforma de Kast mientras Marco Rubio convocaba la «cumbre Antifa» en Washington. El análisis no se presenta como conspiración sino como convergencia estructural. La dependencia militar chilena con Israel, cronológicamente desplegada desde 1976 hasta los drones Hermes 900 de 2024-2026, se ha profundizado bajo gobiernos de centroizquierda tanto como bajo gobiernos de derecha. La crítica es incómoda y deliberada, denunciando que el pinkwashing opera con precisión quirúrgica cuando las embajadas israelíes participan en marchas del Orgullo en Santiago mientras el Estado chileno adquiere drones diseñados para controlar poblaciones subalternizadas.

Sánchez Soto propone leer la reforma tributaria de Kast como tecnología de gobierno sobre cuatro tipos de cuerpos: los cuerpos ambientales expuestos al extractivismo, los trabajadores expulsados del circuito de protección estatal, los cuerpos «raros» que el pinkwashing invisibiliza mientras los Estados los reprimen, y los cuerpos políticos criminalizados por la National Security Presidential Memorandum-7 (NSPM-7) estadounidense.

El cierre es epistemológicamente consistente con la apertura, porque advierte que la resistencia no puede venir del liberalismo identitario chileno -la mayor compra de armamento israelí ocurrió bajo el gobierno de Boric-, debe partir de la experiencia concreta de las disidencias sexuales populares y los pueblos subalternizados.

El texto se asume como «ensayo preliminar» y esa condición no es un déficit sino una elección metodológica. Sánchez Soto traza una cartografía que otros trabajos tendrán que profundizar: la articulación concreta entre la exportación del modelo securitario israelí y la represión de disidencias sexuales populares en cada país del Sur Global; la operacionalización de la categoría «fascismo sionista contemporáneo» en estudios de caso comparados; la sistematización de las experiencias de resistencia -alQaws, boicots a Elbit Systems y Elta, luchas mapuche por la tierra- como prácticas que ya articulan, sin necesidad de teoría externa, la liberación palestina y la liberación de los cuerpos disidentes. El aporte mayor del ensayo está en su desplazamiento epistemológico de no partir desde la geopolítica para llegar a los cuerpos, sino partir de los cuerpos para revelar la lógica íntima del poder. Ese gesto, sostenido con rigor teórico y radicado en la experiencia concreta de las disidencias sexuales populares, hace de este texto una contribución sustantiva al pensamiento crítico contemporáneo y, sobre todo, una herramienta política para los tiempos que corren.


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